ESTUDIÉ LA CARRERA DE DERECHO Y NO ME GUSTÓ
Mi nombre es Carmen y hoy quiero compartir algo que durante mucho tiempo me costó reconocer en voz alta: mi paso por la carrera de Derecho no fue como me lo habían contado.
ANTES DE ENTRAR EN LA CARRERA DE DERECHO:
En bachillerato no tenía ni idea de lo que era realmente el Derecho. Nunca había abierto una ley, no sabía cómo funcionaba el ordenamiento jurídico y, para ser sincera, odiaba las noticias. Me parecían la cosa más aburrida del mundo.
Y aun así, por alguna razón difícil de explicar, tenía claro que quería estudiar Derecho.
Quizá por la idea romántica de lo que el Derecho representa en una sociedad. Quizá porque no me sentía atraída por ningún otro mundo que no fuera el jurídico. O quizá —viéndolo ahora con perspectiva— porque pensaba que estudiar Derecho era “algo serio”, “algo importante”, algo que daba identidad.
Era buena estudiante, sí. Pero no me apasionaba estudiar. Estudiaba para aprobar, no para aprender.
Entrar en la carrera no fue difícil. La nota de corte era un 6 y yo había sacado un 11,5 en Selectividad. Así que me fui a la universidad con esa idea maldita que muchos hemos tenido alguna vez:
- “Cuando estudies lo que te gusta, todo será diferente”.
- “Tendrás muchísimo más interés”.
- “Te costará menos porque estás haciendo lo que te gusta”.
Ay… ni mi primer ex me vendió semejante moto.
DURANTE LA CARRERA
Nada tenía sentido.
Había muchísima información, pero no conseguía conectarla. Estudiaba temas enteros sin entender cómo encajaban entre sí ni para qué servían realmente. La utilidad práctica de lo que se explicaba en clase me resultaba invisible.
No me apasionaba ninguna rama del Derecho. Había algunas que simplemente toleraba y otras que odiaba abiertamente. Estudiar se convirtió en un ejercicio mecánico: memorizaba, hacía el examen y, al salir del aula, la información desaparecía de mi cabeza como si nunca hubiera estado ahí.
No tenía interés en aprender, solo en aprobar.
Ninguna profesión jurídica me convencía. No me veía en ninguna. Y lo peor no era eso, sino la sensación constante de que jamás sería capaz de manejar un mundo tan amplio, de ordenar tantas normas y conceptos en mi cabeza, como si fuera un mundo en el que jamás iba a poder integrarme.
Entré en la carrera con una “media vocación”: ser juez. No era una llamada profunda, pero era algo a lo que agarrarme. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa idea se fue diluyendo, alimentada por mi desinterés creciente por el mundo jurídico.
Me sentía completamente perdida. Dentro de la carrera y fuera de ella. Porque no solo no me gustaba lo que estaba estudiando, sino que tampoco tenía una alternativa clara. No sabía qué quería, solo sabía qué no quería.
Aun así, terminé la carrera. Casi por inercia. Como quien cumple un trámite.
Lo hice con frustración acumulada, con una media de 6,5 que no reflejaba esfuerzo ni ilusión, y con la moral por los suelos. Había llegado al final sin respuestas, sin motivación y sin rumbo.
Una idea me rondaba constantemente la cabeza: “la abogacía ni de coña”.
Pero estaba tan perdida que, aun así, me metí en el Máster de Abogacía. Yo qué sé, amigos… algo había que hacer.
Y…¿Sabéis qué? Fue la mejor decisión que pude tomar.
DURANTE EL MÁSTER DE ABOGACÍA
Al principio, mi sensación no fue muy diferente a la de la carrera. Estudiaba por “tener algo” y con la idea muy clara de que la abogacía estaba súper descartada.
No obstante, el contacto práctico con el Derecho y el impulso de una profesora maravillosa —que me ayudó a descubrir mi parte más creativa— me dieron un pequeño rayito de luz.
A medida que fui teniendo contacto con los tribunales, con casos prácticos, con la estrategia propia de la abogacía, con la cercanía y con la finalidad real de lo que estudiaba, algo empezó a cambiar. Ya no era “todo sobre el papel”. Ahora había un objetivo claro: “Esto hay que aprenderlo para aplicarlo en esta situación concreta”.
Y no, amigos, no me pasó eso de que “de repente todo lo aprendido en la carrera encajó perfectamente”.
Lo que me pasó fue algo distinto: Aprendí por primera vez.
Voy más allá. Me entraron ganas reales de aprender. Apareció la inquietud por manejar el ordenamiento jurídico. Seguía viéndolo inmenso y muy alejado de mis posibilidades, sí, pero ahora sentía que podía ir acercándome poco a poco.
Sí, empezó a gustarme la abogacía (con sus cosas malas, como en todas las profesiones).
Me apasionaban los problemas jurídicos reales de los ciudadanos y cómo todo lo que nos rodea acaba teniendo una respuesta jurídica. La estrategia, el contacto con los clientes, la astucia del abogado, las armas procesales… todo aquello me resultaba infinitamente más interesante que los manuales interminables que había estudiado en la carrera.
Y, casi sin darme cuenta, volví a encontrarme con una vocación. Ver las distintas posiciones en los tribunales —abogado, defensa, acusación, demandante, demandado, juez, fiscal— me hizo reconectar con aquella idea inicial que había tenido al empezar:
Quiero ser juez. Y, cómo no, volvieron las frases de siempre:
- “Es una oposición muy dura”.
- “Es para gente que estudia muchísimo”.
- “Solo unos pocos lo consiguen”.
- “Requiere muchos años”.
Pero esta vez pensé:
¿Por qué no? Me había repetido a mí misma mil veces que “todo era demasiado para mí”.
¿Y si no lo era? ¿Y si simplemente me estaba limitando porque antes no tenía la motivación suficiente? ¿Y si ahora que el mundo jurídico sí me gustaba, merecía la pena intentarlo?
La carrera me la saqué sin ganas. ¿Qué podría llegar a hacer con una decisión tomada en firme?
Probé la abogacía y me apasionó, pese a que mi idea inicial había sido descartarla por completo.
Y algo tuve claro desde entonces:
No estaba dispuesta a dejar pasar el tiempo sin intentar absolutamente todo. Me negué a pasarme la vida suspirando por aquello que no me atreví a intentar
Y AHORA… EN LA OPOSICIÓN
Empecé como empieza casi todo el mundo: sin saber muy bien dónde estaba y con la sensación constante de que todo era demasiado.
Mi pánico a realizar exposiciones orales era casi paralizante. Llegué a pensar muchas veces que me había equivocado, que no iba a poder, que cómo me había metido en una oposición que representaba justo mi mayor miedo: hablar en público y, además, ser evaluada por ello.
Pero confié. Confié en algo muy simple: nadie llega aprendido.
Con la convicción —realista— de que a mí me costaría más que a la mayoría de las personas.
Y no, no nos engañemos: no existe eso de “quien quiere, puede conseguirlo”. Pero sí existe algo mucho más honesto: “Quien quiere, puede aprender las técnicas, los mecanismos, los medios o los procesos que pueden llevar —o no— al resultado”. Porque no es lo mismo tener la certeza de que algo saldrá bien, que adaptarte al camino que hay que recorrer para intentar lograrlo.
Si hoy me preguntaran qué haría diferente, lo diría sin dudarlo: “No dar por hecho que nunca aprenderé algo”.
Muchas veces somos nosotros mismos quienes limitamos nuestras capacidades, sin detenernos a pensar todo lo que aún tenemos por aprender. Nos instalamos en la comodidad del “yo nunca seré capaz” sin plantearnos siquiera que la capacidad también se adquiere.
Y así, poco a poco, logré cantar los temas.
Logré cantar los temas ante mi preparador, logré pasar un examen y logré exponer ante un tribunal. Logré hablar en redes sociales y compartir mi experiencia. Logré explicar cosas jurídicas desde el error y también desde la pasión. Logré hacer un libro confiando en mi aprendizaje. Logré transmitir la frustración del camino, la posibilidad, la sensación de que aunque “hoy puede ser no, mañana puede ser quizás”
Si me lo llegan a contar en la carrera, no me lo habría creído. Vencí muchos miedos. Y eso, por sí solo, ya me hace sentir orgullosa de mis decisiones.
No tengo certezas de que vaya a ser juez. Ni una sola. Pero sí tengo algo claro: avancé. Superé obstáculos. Me coloqué en una posición en la que, al menos, existen oportunidades de poder serlo. Y, en cierto modo, eso también es conseguir.
Mi intención con estas palabras no es alardear de nada. Lo que he logrado no tiene más importancia para el mundo que la satisfacción personal —y quizá un poco egocéntrica— de haberlo intentado.
Mi intención es transmitir que nuestro avance personal no depende únicamente del resultado. Que, a veces, hay que salir de la comodidad del “jamás podré” para descubrir si realmente podemos. Y que cualquier progreso personal —aunque no se vea desde fuera, aunque no tenga un resultado inmediato o tangible— merece hacernos sentir satisfechos con nosotros mismos.
